Colores bonitos / Juan José Hernández

Hoy inauguramos el blog con una entrada muy especial, un relato escrito por uno de los miembros del equipo que queríamos compartir con vosotros


La pequeña Alicia estaba sentada en la sala del museo. No entendía por qué tenía que pasar el día antes de navidad allí encerrada. Los adultos eran muy aburridos, hablaban y hablaban de cosas que a la pequeña Alicia no interesaban.


En uno de esos momentos en los que el hombre con bigote señalaba una de esas pinturas, que tanto interesaban a sus padres y hermana, la pequeña Alicia se escabulló sin que le vieran.
-Ojalá Dama estuviera aquí –se dijo a sí misma la pequeña-, estaría orgullosa de cómo me escapo imitando a un gato.
No es Alicia estuviese incomoda en aquel lugar, todo lo contrario, disfrutaba como nadie viendo esos colores brillantes, e imaginando las historias de cada uno de esos cuadros. Pero no le interesaban las cosas que ese señor con bigote pudiera decirle. También estaba cansada de escuchar a sus padres decir cosas como «No toques eso» «No corras por los pasillos».

Eran demasiadas normas. Y demasiadas normas hacían las cosas aburridas.
Llegó a una sala tan grande como su cuarto, y su cuarto era bastante grande. La pequeña Alicia estaba sola en la sala, por lo que podía hablar sin miedo a que alguien se inventase una norma que prohibiese hablar.


-Y como vemos en este cuadro –comenzó a decir Alicia imitando al señor del bigote- son muchos colores. Sí. Colores bonitos, de esos a los que mi gatita Dama causaría asombro. ¿OS preguntáis donde está Dama? Mamá dijo que se tenía que quedar en casa porque aquí se aburría. Pero no hagamos más preguntas de estos bonitos colores, sigamos al siguiente.
Alicia se lo pasaba muy bien haciendo como que alguien le escuchaba. Con ella el viento había aprendido muchas cosas. Cosas estupendas, como conejos con relojes, orugas que fuman o reinas que decapitaban a sus súbditos. Eran cosas que nadie había querido escuchar, pero el viento siempre había estado presente, y muy pocas veces se quejaba.


-Bien, bien –prosiguió la pequeña

Si en el anterior hemos dicho que había colores bonitos, en este vemos colores ultrabonitos. Y si por casualidad se lo preguntan, lo ultrabonito es más bonito que lo bonito, por mucho que mi maestra diga que no exista esa palabra. Si puedo pronunciarla es porque existe, ¿no?
En medio de la sala había lo que Alicia pensaba que era un sofá para las personas mayores.


-Que ganas tengo de ser mayor, todo es más cómodo. Tendré uno de esos palos con los que la abuela camina y podré montarme en los autobuses cuando quiera, mamá y papá no podrán decirme que no.


Las explicaciones de Alicia por la sala duraron tanto que decidió no responder a más preguntas. Si alguien se quedaba con alguna tendría que preguntárselo al señor con bigote.


-No es tan listo como yo, pues no ve lo bonito de los colores y habla de cosas aburridas, pero seguro que se alegrará de tener más preguntas que responder.

Volvió a salir corriendo por los largos pasillos.


-Alicia –llamó su madre

– Pero hija, ¿dónde estabas? Te has perdido las explicaciones.

-Lo siento mamá –se disculpó la pequeña por haberse ido sin decir nada-, pero quería ver colores bonitos. ¿Crees que el señor del bigote los habrá visto alguna vez? Yo misma podría enseñárselos. Se me da muy bien explicar cosas.

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